lunes, 11 de noviembre de 2013

UNIDAD III: EL JUICIO.                                                                           BITACORA NUMERO 22.

TEMA: 3.5 equivalencias por diagrama de Ven.
OBJETIVO: que el alumno sea capaz de representar con un diagrama de Venn el cuadro de la oposición.

 
APERTURA.
 
atender el siguiente video para poder entender los juicios implícitos o explícitos de la canción.
 
 
canción: The Same Boy You've Always Known.
interpretes: The White Stripes.
álbum: Elephant (2003).
 
 
 
Juicios:
 
Ella es quien cayo.
Ella es quien olvido su nombre.
Ella empezó a recordar.
Tu estas mirando hacia abajo.
Ellos están tendidos.
El es el mismo chico que has conocido.
El pensó que esto es sólo por hoy y estaría regresando.
Todos los que saben de eso dicen que así es como siempre sucede.
El es el único que sabe si hay algo bueno de el.
 
 
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DESARROLLO / ACTIVIDADES DE APRENDIZAJE.
 
 
John Vonn ha contribuido al desarrollo de la lógica moderna mediante la introducción de la lógica de clases, para lo cual propuso una propuesta gráfica de las preposiciones categóricas A,E,I,O expresado del siguiente modo:
 

(circulo izquierdo sujeto y derecho predicado)

señalando que el diagrama superior izquierdo es para juicios tipo A y lo sombreado es un vacío.
el diagrama superior derecho juicios tipo E
diagrama inferior derecho juicios tipo I.
ultimo diagrama representado juicios tipo O.
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ACTIVIDAD DE CIERRE.
 

Los duendes y el zapatero.

La mujer del zapatero dijo inquieta a su marido: -¿No puedes trabajar más rápido, querido?
El zapatero sonrió: -Claro que podría. Podría cortar el cuero con menos cuidado y dar puntadas más grandes. Pero quiero ofrecer a mis clientes lo mejor de lo mejor. Y eso lleva tiempo.

 
-Lo sé, querido, pero no queda dinero para comprar más cuero. Vas tan despacito que un par de zapatos te lleva dos días.
-Hago lo que puedo -respondió con tristeza el zapatero-. Mi vista no es tan buena como antes, y mis dedos ya no son tan ágiles.
El zapatero siguió con su lento y meticuloso trabajo. Y así, pronto se acabó el dinero y se terminaron el ante y las pieles para hacer zapatos. En la mesa sólo quedaba una tira de cuero. Su esposa le preguntó:
-¿Qué vamos a hacer mañana, cuando ya no quede cuero ni zapatos que vender?
El zapatero sonrió. -Mañana nos preocuparemos.
Pasó el día entero cortando un calzado con aquella última tira de cuero. Pensaba... "seguramente éste será el último par de zapatos que haré en mi vida, así que me gustaría que fuera el mejor'.
Se fue a la cama dejando las plantillas ya cortadas en su mesa de trabajo.
-Qué pena que seamos pobres -le dijo a su mujer antes de dormirse.
-Tú ya haces lo que puedes -le consoló ella- No se puede pedir más.
 
A la mañana siguiente, el zapatero se limpió las gafas, enhebró la aguja y buscó los pedazos de cuero. Pero algo increíble había ocurrido. En el centro de la mesa había unos zapatos terminados, perfectos y brillantes hasta la última hebilla. Alguien los había acabado mientras él dormía.
-¡Fíjate qué maravilla! -exclamó, y se los mostró a su esposa-. ¡Mira qué hermosas puntadas! ¿Quién habrá hecho el trabajo?
Era un par de zapatos tan perfecto que lo vendieron por el doble de dinero. Aquel día el viejo zapatero pudo comprar otra tira de cuero y cortó dos pares de zapatos. De noche los dejó en la mesa y se fue a dormir mucho más contento. A la mañana siguiente encontró los dos pares acabados hasta los mismos cordones con sus remates.
-¡Es una obra de arte! -dijo el zapatero a su mujer. Los zapatos se vendieron a un precio tan estupendo que esta vez pudo comprar cuero para cuatro pares. Por la noche unas manos misteriosas cosieron los cuatro pares.
-¡Qué magnífica hechura! -exclamaban los clientes. Y vinieron de muy lejos a comprarle zapatos. El zapatero vendió a las damas zapatillas de baile, en bonito terciopelo, y botas de montar, largas y relucientes, a los caballeros.
-¡Tenemos cuero para toda la vida! -dijo, feliz, la mujer del zapatero- ¡Y viene tanta gente a comprar esos zapatos que casi somos ricos!
Pero el zapatero estaba pensativo.
-¿No te gustaría saber quién nos ayuda por las noches? Ya es hora de que lo averigüemos.
Así que una noche fría, la víspera de Navidad, el zapatero dejó sobre la mesa el cuero cortado y se escondió con su mujer en un rincón.
Al dar la medianoche, seis duendecillos desnudos salieron uno tras otro de detrás del reloj. Subieron a la mesa y al momento se pusieron a coser y a martillar, a hacer nudos y a dar lustre. De cuando en cuando paraban para soplarse las manos heladas, para calentarse los pies brincando en el suelo, o para acurrucarse unos contra otros y así combatir el frío del invierno. Tiritaban de la cabeza a los pies.
-Pobres criaturas -dijo la mujer-Tanto trabajar para nosotros y... no tienen ni siquiera una camisa y unas botas.
-Deberíamos hacerles un regalo para agradecerles sus servicios -respondió el zapatero.
Al día siguiente, muy temprano, su esposa empezó a coser camisas y pantalones de una tela abrigada y alegre. El zapatero sacó su aguja más fina y su cuero más blando e hizo un par de lindas botas para cada uno.
 
 
La noche de Navidad, pusieron sobre la mesa estos regalos y se escondieron en el rincón. Hacía un frío tremendo. Los duendecillos salieron tiritando y dando diente con diente; de sus bocas salían humaredas de aliento que se helaba en contacto con el aire. Al principio se quedaron asombrados al no encontrar cuero para coser. Pero luego vieron la ropa y comprendieron que era para ellos. Se la pusieron y empezaron a bailotear, riendo y dando palmadas con las manos ya calientes gracias a sus nuevos guantes de lana.
-¡Se acabó el hacer zapatos! ¡Ahora somos gente elegante!
Y cantando y bailando salieron a la calle por la puerta de la tienda.
-Nos hemos quedado sin la ayuda de los duendecillos -dijo riendo la mujer del zapatero-. ¿Qué vas a hacer ahora que viene tanta gente a comprarte calzado?
-Sencillamente, haré todo lo mejor que pueda- respondió el zapatero.
- Seguro que sí, querido- dijo su mujer- como siempre.

 
Cuento: El Zapatero y los duendes
Autor: Hermanos Grimm -
 tomado de: http://www.cuentosinfantiles.net/cuentos-los-duendes-y-el-zapatero.HTML
 
 
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ACTIVIDAS DE CIERRE.
 
 
Anota aqui un juicio de tipo A,E,I,O previamente identificados en el texto y represéntalos por diagramas de Venn.
 
 
 
JUICIO 1, TIPO A:  Todos le compraban al zapatero los zapatos que hacían los duendes.

 
 JUICIO 2. TIPO E:  Ningún zapato es hecho por el zapatero.
 





JUICIO 3, TIPO I: El zapatero es mas rico por los zapatos que vende.



 
 
 JUICIO 4, TIPO O: Algún zapato no es de cuero.
 


sábado, 9 de noviembre de 2013

Unidad III.  El Juicio
Tema: Tema 3.4 Cuadro de la oposición reglas,posibilidades de verdad, equivalencias y conversiones.
Objetivo:Que el alumno sea capaz de dominar las diversas combinaciones que permite el cuadro de la oposición, a través de sus reglas y sus conversiones.
Fuentes de consulta: 
"Cuadro de oposiciones" en Wiki Atlas de filosofía, http://atlasdefilosofia.wikispaces.com/cuadro+de+oposiciones 
"Verdad y mentira", cuento "La hora del adiós" http://www.alegsa.com.ar/Literatura/texto.php?id=249&pag=1

Apertura
Atiende al siguiente video : Llamado Everytime I look at you del grupo Kiss  http://www.youtube.com/watch?v=qo8vfmDLxK4.
 Identifica todos los juicios implícitos o explícitos de la canción.

Yo soy quien no quería romper tu corazón
Yo soy quien te miro
Tu eres todo para mi
Tu estas en mi
Desarrollo/Actividades de aprendizaje. 
Definición:
Un cuadro de oposición, o cuadro de oposición de juicios es un esquema de lógica formal aristotélica que compara 4 juicios A, E, I y O para determinar las relaciones de dependencia que hay entre estas 4 formulaciones. Como se dijo antes, la comparación se da dentro de la lógica formal, por lo que se analiza es la estructura de los juicios, no la validez de su contenido.

Oposición. Es la incompatibilidad de dos o mas proposiciones que, con el mismo sujeto y el mismo predicado, difieren en cantidad, en cualidad o en ambas.  

S es P     S: sujeto                               A: Universal afirmativo    Todo S es P
                 P: predicado                       E: Universal negativo       Ningún S es P
                 es: forma del verbo ser      I: Particular afirmativo      Algún S es P
                                                              O: Particular negativo       Algún S no es P


Verdad y falsedad en el cuadro de oposición.

El cuadro de oposición nos permite conocer, ademas, la verdad y falsedad de las proposiciones ya que se basa en los principios lógicos supremos de identidad contradicción y tercer excluso .

1. Juicios Contrarios (A-E)
No pueden ser ambos verdaderos, por lo tanto, de la verdad de uno, se infiere la falsedad del otro: sí A es verdadero, E será, necesariamente, falso.
Sí todo hombre es vertebrado es verdad, entonces
Ningún hombre es vertebrado es falso. (PNC)

Sí pueden ser ambos falsos, así, de la falsedad de uno se puede seguir cualquier cosa, verdad o falsedad

Todo perro es bulldog. (F) Ningún perro es bulldog. (F)
Ningún molusco es invertebrado (F) Todo molusco es invertebrado (V)

2. Juicios Subcontrarios (I-O)
No pueden ser ambos falsos, así, de la falsedad de uno, se infiere la verdad del otro.
Algunas jirafas son felinos. (F) Algunas jirafas no son felinos. (V)

Sí pueden ser ambos verdaderos, así, de la verdad de uno se puede seguir cualquier cosa, verdad o falsedad.

Algunos coches son azules. (V) Algunos coches no son azules. (V)
Algún bebé no es responsable. (V) Algún bebé es responsable. (F)


3. Juicios Subalternos (A-I) (E-O)
De la verdad de la universal se infiere la verdad de la particular PERO no viceversa porque, de la verdad de la particular se puede seguir cualquier cosa, verdad o falsedad.

Todo hombre es mortal. (V) Algún hombre es mortal. (V)

Lo que afirmo de un “todo”, lo puedo afirmar de la parte, pero lo que afirmo de una parte, no lo puedo afirmar del todo. Por ejemplo, yo puedo afirmar que algunos alumnos de 4º se portan muy mal y sostener que esa frase es verdadera, PERO, de ahí no puedo inferir que todos los alumnos de 4º se portan mal, esa afirmación sería falsa. Otro ejemplo sería:

Algunas faldas son rojas. (V) Todas las faldas son rojas. (F)

De la falsedad de la particular, se puede inferir la falsedad de la universal PERO no viceversa porque, de la falsedad de la universal se puede seguir cualquier cosa, verdad o falsedad.

Ningún hombre es abogado (F) Algún hombre no es abogado (V)
Ningún gato es felino (F) Algún gato no es felino. F

4. Juicios Contradictorios (A-O) (E-I)

De la verdad de uno, inferimos la falsedad del otro y viceversa.

Todo abogado sabe leer. (V) Algún abogado no sabe leer. (F)
Ningún mexicano es corrupto (F) Algún mexicano es corrupto. (V)


Actividades de cierre
De acuerdo con el cuadro de oposición contesta lo siguiente 
1  Si A es verdadera como son: E: F     IV       O: F
2  Si E es verdadera como son:  A: F    I:F         O:V
3  Si  I  es falsa como son:     E:V       A:F      O:V
4  Si O es falsa como son:    E:F       A:V       I:V
5  Si A es falsa como son:    E:V       I:V        O:F
6  Si E es falsa como son :    A: F      I:V       O: V 
7  Si  I   es verdadera como son:   E: F     A :F     O: V
8 Si  O es verdadera como son:   E: F      A: F    I: V

Lee el siguiente texto y anota todos los juicios, de acuerdo con el relato, asigna a cada uno su propiedad: verdadero o falso.
Luego conviértelos en contrarios,contradictorios, y subalternos según corresponda.


Domingo. 
Hoy, me levanté temprano para ir al parque. 
Puedo afirmar que a esta hora esta casi desierto, lo sé porque vivo a media cuadra. 

Necesito pensar un poco,despejarme... 

Está un poco fresco, todavía se siente el olor del césped húmedo, cubierto del rocío nocturno. Al costado de la vereda que transito, los lapachos empiezan a mostrar sus flores, claro, ya empezó la temporada ... 

Los hay de todos colores, rosas pálidos, morados intensos, amarillos y el exclusivo blanco. 
En sus ramas puedo ver un par de gorriones aleteando, sus gorjeos destacan en el silencio. 

Llevo conmigo el teléfono ,mi última esperanza, que hoy me llames. 

Mientras camino voy pensándote  como siempre, como cada día desde que te conocí y acepté como amigo...como cada día que esta amistad se transformó en amor. 

Pensé en recordarte un poco menos para así ganarle a la melancolía... 
Pero en mi alma siguen estos silencios. 

Mis pensamientos me dicen que espere un poco más antes de tomar una decisión, pero ya no puedo. A esta altura ya no sé siquiera si existís o solo fué una creación de una adolescente crédula y enamorada. 

Sin darme cuenta y sumida en mis pensamientos llegué a la fuente, bue..llegó la hora entonces.. 
Llegó la hora mi amor de decirte adiós. 
Llegó la hora de seguir mi camino, aunque te sigo queriendo. 
Este amor apasionado y triste sigue dentro de mi alma.Quizás te quise demasiado, no sé.No sé tampoco si este amor fué mucho o poco, pero si sé con absoluta certeza que ya nunca volveré a amar así. 

Sé que no podré olvidarte y que mi gran sueño esta muriendo en esta despedida. 
Seguiré pensando en vos, seguramente. Pero confió en el tiempo, que dicen es el gran sanador de todos los males. 

Acurrucada en el banco,descubro que las gotas de agua que trae la brisa que pasa por la fuente se confunden con mis lágrimas. 
Fueron demasiadas lágrimas pienso. 

Te amé en presente y en futuro, y seguiré amándote por el resto de mi vida.. y mientras esta avalancha de sentimientos me conmueve sigo mirando el celular... 
Y mi celular sigue mudo. 

Hora de seguir, será lo mejor para mí me digo en voz baja tratando de convencerme. 
Una última mirada a mi celular, que sigue mudo... 

Un suspiro amplio... y despliego mis alas y vuelo a una nueva vida,porque al fin y al cabo las elfas como yo, que viven en el mundo de los sentidos, camufladas en fachadas de adolescentes rebeldes, también deben encontrar su camino. 


Juicio 1: A esta hora esta casi desierto.  Juicio de tipo: I  Propiedad:V 
 Conversiones

Contrario:   A esta hora no esta casi desierto.    Juicio de tipo: O      Propiedad: V,F
Contradictorio:A ninguna hora esta casi  desierto.  Juicio de tipo: E  Propiedad: F
Subalterno: Toda hora esta casi desierto.             Juicio de tipo: A    Propiedad: V,F

jueves, 31 de octubre de 2013

clasificación de los juicios.



Unidad III. El Juicio
Tema: 3.3. Clasificación de los juicios: b) Relación (categóricos, disyuntivos e hipotéticos); c) Modalidad (problemáticos, asertóricos y apodícticos) y d) Comprehensión (analíticos y sintéticos).
Objetivo: Que el alumno sea capaz de aplicar la clasificación de los juicios en algunos textos populares y científicos.
Fuentes de consulta:
“La lógica aristotélica. Los juicios”, en webdianoia.com: http://www.webdianoia.com/aristoteles/aristoteles_log_2.htm
Mateos Nava, Misael, Lógica para inexpertos, Edere, México, 1998, pp. 69-90.
Núñez Corona, José Rafael, “La niña de la mirada perdida”, http://www.servicioskoinonia.org/cuentoscortos/articulo.php?num=003


Apertura

 Atiende la el siguiente video Leon Lagerri "SOUVENIR" en http://www.youtube.com/watch?v=KeBLi6AqHSw

Identifica todos los juicios implícitos o explícitos de la canción: 

El amor es inexistente

Ya es tarde para volver.

Sin engaños ni mentiras es mejor .

El es un ser especial.



Desarrollo / Actividades de aprendizaje

En la bitácora 19 revisamos la clasificación de los juicios por su cualidad y por su cantidad, en esta ocasión revisaremos la clasificación de los juicios por su modalidad, relación y comprehensión.

Clasificación de los juicios por su Relación.

Por su Relación, los juicios son categóricos, disyuntivos e hipotéticos:

a) Categórico. Exige algo sin condición.
EJEMPLOS:
El Hombre es racional por naturaleza.
Eduardo es cumplido con sus deberes.

b) Disyuntivo. Es aquel en el que sus elementos se excluyen.
EJEMPLOS:
México o España no son integrantes del Grupo de los siete.
Juan es el amigo de Luis o José es el amigo de Luis.

c) Hipotético. Expresa un deseo que se exige bajo cierta condición.
EJEMPLOS:
Si estudias entonces serás un buen profesionista.
Si el aire está formado por sustancias que no están combinadas químicamente entonces es una mezcla.

Clasificación de los juicios por su Modalidad.

Por su Modalidad, los juicios son problemáticos, apodícticos o asertóricos:

a) Problemático. Indica posibilidad. Expresa que algo puede ser o no ser.
EJEMPLOS:
Algún día México será campeón mundial en el futbol.
Quizá México pueda ser un país de bienestares.

b) Apodíctico. Indica necesidad. Enuncia algo absolutamente necesario o absolutamente imposible.
EJEMPLOS:
Todo mexicano es americano.
Ningún viviente es inmortal.

c) Asertórico. Indica realidad. Enuncia un hecho.
EJEMPLOS:
Algún estadounidense es demócrata.
La selección de futbol de México, es un mal equipo.

Clasificación de los juicios por su Comprehensión.

Por su Comprehensión, los juicios son analíticos y sintéticos:

a) Analíticos. Es aquel cuyo predicado está contenido en el sujeto.
EJEMPLOS
Todo hombre es racional.
Algún animal es ser vivo.

b) Sintéticos. Es aquel cuyo predicado no está contenido en el sujeto o le es completamente extraño.
EJEMPLOS
Alguna mujer es española.
Pedro es estudiante de leyes.


Actividades de Cierre

Lee el siguiente texto y subraya todos los juicios, después clasifícalos por su Relación, Modalidad y Comprehension.

EDGAR ALLAN POE "EL ENTIERRO PREMATURO"

Hay ciertos temas de interés absorbente, pero demasiado horribles para ser objeto de una obra de mera ficción. Los simples novelistas deben evitarlos si no quieren ofender o desagradar. Sólo se tratan con propiedad cuando lo grave y majestuoso de la verdad los santifican y sostienen. Nos estremecemos, por ejemplo, con el más intenso "dolor agradable" ante los relatos del paso del Beresina, del terremoto de Lisboa, de la peste de Londres y de la matanza de San Bartolomé o de la muerte por asfixia de los ciento veintitrés prisioneros en el Agujero Negro de Calcuta. Pero en estos relatos lo excitante es el hecho, la realidad, la historia. Como ficciones, nos parecerían sencillamente abominables. He mencionado algunas de las más destacadas y augustas calamidades que registra la historia, pero en ellas el alcance, no menos que el carácter de la calamidad, es lo que impresiona tan vivamente la imaginación. No necesito recordar al lector que, del largo y horrible catálogo de miserias humanas, podría haber escogido muchos ejemplos individuales más llenos de sufrimiento esencial que cualquiera de esos inmensos desastres generales. La verdadera desdicha, la aflicción última, en realidad es particular, no difusa. ¡Demos gracias a Dios misericordioso que los horrorosos extremos de agonía los sufra el hombre individualmente y nunca en masa!
Ser enterrado vivo es, sin ningún género de duda, el más terrorífico extremo que jamás haya caído en suerte a un simple mortal. Que le ha caído en suerte con frecuencia, con mucha frecuencia, nadie con capacidad de juicio lo negará. Los límites que separan la vida de la muerte son, en el mejor de los casos, borrosos e indefinidos... ¿Quién podría decir dónde termina uno y dónde empieza el otro? Sabemos que hay enfermedades en las que se produce un cese total de las funciones aparentes de la vida, y, sin embargo, ese cese no es más que una suspensión, para llamarle por su nombre. Hay sólo pausas temporales en el incomprensible mecanismo. Transcurrido cierto período, algún misterioso principio oculto pone de nuevo en movimiento los mágicos piñones y las ruedas fantásticas. La cuerda de plata no quedó suelta para siempre, ni irreparablemente roto el vaso de oro. Pero, entretanto, ¿dónde estaba el alma? Sin embargo, aparte de la inevitable conclusión a priori de que tales causas deben producir tales efectos, de que los bien conocidos casos de vida en suspenso, una y otra vez, provocan inevitablemente entierros prematuros, aparte de esta consideración, tenemos el testimonio directo de la experiencia médica y del vulgo que prueba que en realidad tienen lugar un gran número de estos entierros. Yo podría referir ahora mismo, si fuera necesario, cien ejemplos bien probados. Uno de características muy asombrosas, y cuyas circunstancias igual quedan aún vivas en la memoria de algunos de mis lectores, ocurrió no hace mucho en la vecina ciudad de Baltimore, donde causó una conmoción penosa, intensa y muy extendida. La esposa de uno de los más respetables ciudadanos- abogado eminente y miembro del Congreso- fue atacada por una repentina e inexplicable enfermedad, que burló el ingenio de los médicos. Después de padecer mucho murió, o se supone que murió. Nadie sospechó, y en realidad no había motivos para hacerlo, de que no estaba verdaderamente muerta. Presentaba todas las apariencias comunes de la muerte. El rostro tenía el habitual contorno contraído y sumido. Los labios mostraban la habitual palidez marmórea. Los ojos no tenían brillo. Faltaba el calor. Cesaron las pulsaciones. Durante tres días el cuerpo estuvo sin enterrar, y en ese tiempo adquirió una rigidez pétrea. Resumiendo, se adelantó el funeral por el rápido avance de lo que se supuso era descomposición.
La dama fue depositada en la cripta familiar, que permaneció cerrada durante los tres años siguientes. Al expirar ese plazo se abrió para recibir un sarcófago, pero, ¡ay, qué terrible choque esperaba al marido cuando abrió personalmente la puerta! Al empujar los portones, un objeto vestido de blanco cayó rechinando en sus brazos. Era el esqueleto de su mujer con la mortaja puesta.
Una cuidadosa investigación mostró la evidencia de que había revivido a los dos días de ser sepultada, que sus luchas dentro del ataúd habían provocado la caída de éste desde una repisa o nicho al suelo, y al romperse el féretro pudo salir de él. Apareció vacía una lámpara que accidentalmente se había dejado llena de aceite, dentro de la tumba; puede, no obstante, haberse consumido por evaporación. En los peldaños superiores de la escalera que descendía a la espantosa cripta había un trozo del ataúd, con el cual, al parecer, la mujer había intentado llamar la atención golpeando la puerta de hierro. Mientras hacía esto, probablemente se desmayó o quizás murió de puro terror, y al caer, la mortaja se enredó en alguna pieza de hierro que sobresalía hacia dentro. Allí quedó y así se pudrió, erguida.
En el año 1810 tuvo lugar en Francia un caso de inhumación prematura, en circunstancias que contribuyen mucho a justificar la afirmación de que la verdad es más extraña que la ficción. La heroína de la historia era mademoiselle [señorita] Victorine Lafourcade, una joven de ilustre familia, rica y muy guapa. Entre sus numerosos pretendientes se contaba Julien Bossuet, un pobre littérateur [literato] o periodista de París. Su talento y su amabilidad habían despertado la atención de la heredera, que, al parecer, se había enamorado realmente de él, pero el orgullo de casta la llevó por fin a rechazarlo y a casarse con un tal Monsieur [señor] Rénelle, banquero y diplomático de cierto renombre. Después del matrimonio, sin embargo, este caballero descuidó a su mujer y quizá llegó a pegarle. Después de pasar unos años desdichados ella murió; al menos su estado se parecía tanto al de la muerte que engañó a todos quienes la vieron. Fue enterrada, no en una cripta, sino en una tumba común, en su aldea natal. Desesperado y aún inflamado por el recuerdo de su cariño profundo, el enamorado viajó de la capital a la lejana provincia donde se encontraba la aldea, con el romántico propósito de desenterrar el cadáver y apoderarse de sus preciosos cabellos. Llegó a la tumba. A medianoche desenterró el ataúd, lo abrió y, cuando iba a cortar los cabellos, se detuvo ante los ojos de la amada, que se abrieron. La dama había sido enterrada viva. Las pulsaciones vitales no habían desaparecido del todo, y las caricias de su amado la despertaron de aquel letargo que equivocadamente había sido confundido con la muerte. Desesperado, el joven la llevó a su alojamiento en la aldea. Empleó unos poderosos reconstituyentes aconsejados por sus no pocos conocimientos médicos. En resumen, ella revivió. Reconoció a su salvador. Permaneció con él hasta que lenta y gradualmente recobró la salud. Su corazón no era tan duro, y esta última lección de amor bastó para ablandarlo. Lo entregó a Bossuet. No volvió junto a su marido, sino que, ocultando su resurrección, huyó con su amante a América. Veinte años después, los dos regresaron a Francia, convencidos de que el paso del tiempo había cambiado tanto la apariencia de la dama, que sus amigos no podrían reconocerla. Pero se equivocaron, pues al primer encuentro monsieur Rénelle reconoció a su mujer y la reclamó. Ella rechazó la reclamación y el tribunal la apoyó, resolviendo que las extrañas circunstancias y el largo período transcurrido habían abolido, no sólo desde un punto de vista equitativo, sino legalmente la autoridad del marido.
La Revista de Cirugía de Leipzig, publicación de gran autoridad y mérito, que algún editor americano haría bien en traducir y publicar, relata en uno de los últimos números un acontecimiento muy penoso que presenta las mismas características.
Un oficial de artillería, hombre de gigantesca estatura y salud excelente, fue derribado por un caballo indomable y sufrió una contusión muy grave en la cabeza, que le dejó inconsciente. Tenía una ligera fractura de cráneo pero no se percibió un peligro inmediato. La trepanación se hizo con éxito. Se le aplicó una sangría y se adoptaron otros muchos remedios comunes. Pero cayó lentamente en un sopor cada vez más grave y por fin se le dio por muerto.
Hacía calor y lo enterraron con prisa indecorosa en uno de los cementerios públicos. Sus funerales tuvieron lugar un jueves. Al domingo siguiente, el parque del cementerio, como de costumbre, se llenó de visitantes, y alrededor del mediodía se produjo un gran revuelo, provocado por las palabras de un campesino que, habiéndose sentado en la tumba del oficial, había sentido removerse la tierra, como si alguien estuviera luchando abajo. Al principio nadie prestó demasiada atención a las palabras de este hombre, pero su evidente terror y la terca insistencia con que repetía su historia produjeron, al fin, su natural efecto en la muchedumbre. Algunos con rapidez consiguieron unas palas, y la tumba, vergonzosamente superficial, estuvo en pocos minutos tan abierta que dejó al descubierto la cabeza de su ocupante. Daba la impresión de que estaba muerto, pero aparecía casi sentado dentro del ataúd, cuya tapa, en furiosa lucha, había levantado parcialmente. Inmediatamente lo llevaron al hospital más cercano, donde se le declaró vivo, aunque en estado de asfixia. Después de unas horas volvió en sí, reconoció a algunas personas conocidas, y con frases inconexas relató sus agonías en la tumba.
Por lo que dijo, estaba claro que la víctima mantuvo la conciencia de vida durante más de una hora después de la inhumación, antes de perder los sentidos. Habían rellenado la tumba, sin percatarse, con una tierra muy porosa, sin aplastar, y por eso le llegó un poco de aire. Oyó los pasos de la multitud sobre su cabeza y a su vez trató de hacerse oír. El tumulto en el parque del cementerio, dijo, fue lo que seguramente lo despertó de un profundo sueño, pero al despertarse se dio cuenta del espantoso horror de su situación. Este paciente, según cuenta la historia, iba mejorando y parecía encaminado hacia un restablecimiento definitivo, cuando cayó víctima de la charlatanería de los experimentos médicos. Se le aplicó la batería galvánica y expiró de pronto en uno de esos paroxismos estáticos que en ocasiones produce.
La mención de la batería galvánica, sin embargo, me trae a la memoria un caso bien conocido y muy extraordinario, en que su acción resultó ser la manera de devolver la vida a un joven abogado de Londres que estuvo enterrado dos días. Esto ocurrió en 1831, y entonces causó profunda impresión en todas partes, donde era tema de conversación.
El paciente, el señor Edward Stapleton, había muerto, aparentemente, de fiebre tifoidea acompañada de unos síntomas anómalos que despertaron la curiosidad de sus médicos. Después de su aparente fallecimiento, se pidió a sus amigos la autorización para un examen post-mortem (autopsia), pero éstos se negaron. Como sucede a menudo ante estas negativas, los médicos decidieron desenterrar el cuerpo y examinarlo a conciencia, en privado. Fácilmente llegaron a un arreglo con uno de los numerosos grupos de ladrones de cadáveres que abundan en Londres, y la tercera noche después del entierro el supuesto cadáver fue desenterrado de una tumba de ocho pies de profundidad y depositado en el quirófano de un hospital privado.
Al practicársele una incisión de cierta longitud en el abdomen, el aspecto fresco e incorrupto del sujeto sugirió la idea de aplicar la batería. Hicieron sucesivos experimentos con los efectos acostumbrados, sin nada de particular en ningún sentido, salvo, en una o dos ocasiones, una apariencia de vida mayor de la norma en cierta acción convulsiva.
Era ya tarde. Iba a amanecer y se creyó oportuno, al fin, proceder inmediatamente a la disección. Pero uno de los estudiosos tenía un deseo especial de experimentar una teoría propia e insistió en aplicar la batería a uno de los músculos pectorales. Tras realizar una tosca incisión, se estableció apresuradamente un contacto; entonces el paciente, con un movimiento rápido pero nada convulsivo, se levantó de la mesa, caminó hacia el centro de la habitación, miró intranquilo a su alrededor unos instantes y entonces habló. Lo que dijo fue ininteligible, pero pronunció algunas palabras, y silabeaba claramente. Después de hablar, se cayó pesadamente al suelo.
Durante unos momentos todos se quedaron paralizados de espanto, pero la urgencia del caso pronto les devolvió la presencia de ánimo. Se vio que el señor Stapleton estaba vivo, aunque sin sentido. Después de administrarle éter volvió en sí y rápidamente recobró la salud, retornando a la sociedad de sus amigos, a quienes, sin embargo, se les ocultó toda noticia sobre la resurrección hasta que ya no se temía una recaída. Es de imaginar la maravilla de aquellos y su extasiado asombro.
El dato más espeluznante de este incidente, sin embargo, se encuentra en lo que afirmó el mismo señor Stapleton. Declaró que en ningún momento perdió todo el sentido, que de un modo borroso y confuso percibía todo lo que le estaba ocurriendo desde el instante en que fuera declarado muerto por los médicos hasta cuando cayó desmayado en el piso del hospital. "Estoy vivo", fueron las incomprendidas palabras que, al reconocer la sala de disección, había intentado pronunciar en aquel grave instante de peligro.
Sería fácil multiplicar historias como éstas, pero me abstengo, porque en realidad no nos hacen falta para establecer el hecho de que suceden entierros prematuros. Cuando reflexionamos, en las raras veces en que, por la naturaleza del caso, tenemos la posibilidad de descubrirlos, debemos admitir que tal vez ocurren más frecuentemente de lo que pensamos. En realidad, casi nunca se han removido muchas tumbas de un cementerio, por alguna razón, sin que aparecieran esqueletos en posturas que sugieren la más espantosa de las sospechas. La sospecha es espantosa, pero es más espantoso el destino. Puede afirmarse, sin vacilar, que ningún suceso se presta tanto a llevar al colmo de la angustia física y mental como el enterramiento antes de la muerte. La insoportable opresión de los pulmones, las emanaciones sofocantes de la tierra húmeda, la mortaja que se adhiere, el rígido abrazo de la estrecha morada, la oscuridad de la noche absoluta, el silencio como un mar que abruma, la invisible pero palpable presencia del gusano vencedor; estas cosas, junto con los deseos del aire y de la hierba que crecen arriba, con el recuerdo de los queridos amigos que volarían a salvarnos si se enteraran de nuestro destino, y la conciencia de que nunca podrán saberlo, de que nuestra suerte irremediable es la de los muertos de verdad, estas consideraciones, digo, llevan el corazón aún palpitante a un grado de espantoso e insoportable horror ante el cual la imaginación más audaz retrocede. No conocemos nada tan angustioso en la Tierra, no podemos imaginar nada tan horrible en los dominios del más profundo Infierno. Y por eso todos los relatos sobre este tema despiertan un interés profundo, interés que, sin embargo, gracias a la temerosa reverencia hacia este tema, depende justa y específicamente de nuestra creencia en la verdad del asunto narrado. Lo que voy a contar ahora es mi conocimiento real, mi experiencia efectiva y personal..
Durante varios años sufrí ataques de ese extraño trastorno que los médicos han decidido llamar catalepsia, a falta de un nombre que mejor lo defina. Aunque tanto las causas inmediatas como las predisposiciones e incluso el diagnóstico de esta enfermedad siguen siendo misteriosas, su carácter evidente y manifiesto es bien conocido. Las variaciones parecen serlo, principalmente, de grado. A veces el paciente se queda un solo día o incluso un período más breve en una especie de exagerado letargo. Está inconsciente y externamente inmóvil, pero las pulsaciones del corazón aún se perciben débilmente; quedan unos indicios de calor, una leve coloración persiste en el centro de las mejillas y, al aplicar un espejo a los labios, podemos detectar una torpe, desigual y vacilante actividad de los pulmones. Otras veces el trance dura semanas e incluso meses, mientras el examen más minucioso y las pruebas médicas más rigurosas no logran establecer ninguna diferencia material entre el estado de la víctima y lo que concebimos como muerte absoluta. Por regla general, lo salvan del entierro prematuro sus amigos, que saben que sufría anteriormente de catalepsia, y la consiguiente sospecha, pero sobre todo le salva la ausencia de corrupción. La enfermedad, por fortuna, avanza gradualmente. Las primeras manifestaciones, aunque marcadas, son inequívocas. Los ataques son cada vez más característicos y cada uno dura más que el anterior. En esto reside la mayor seguridad, de cara a evitar la inhumación. El desdichado cuyo primer ataque tuviera la gravedad con que en ocasiones se presenta, sería casi inevitablemente llevado vivo a la tumba.
Mi propio caso no difería en ningún detalle importante de los mencionados en los textos médicos. A veces, sin ninguna causa aparente, me hundía poco a poco en un estado de semisíncope, o casi desmayo, y ese estado, sin dolor, sin capacidad de moverme, o realmente de pensar, pero con una borrosa y letárgica conciencia de la vida y de la presencia de los que rodeaban mi cama, duraba hasta que la crisis de la enfermedad me devolvía, de repente, el perfecto conocimiento. Otras veces el ataque era rápido, fulminante. Me sentía enfermo, aterido, helado, con escalofríos y mareos, y, de repente, me caía postrado. Entonces, durante semanas, todo estaba vacío, negro, silencioso y la nada se convertía en el universo. La total aniquilación no podía ser mayor. Despertaba, sin embargo, de estos últimos ataques lenta y gradualmente, en contra de lo repentino del acceso. Así como amanece el día para el mendigo que vaga por las calles en la larga y desolada noche de invierno, sin amigos ni casa, así lenta, cansada, alegre volvía a mí la luz del alma. Pero, aparte de esta tendencia al síncope, mi salud general parecía buena, y no hubiera podido percibir que sufría esta enfermedad, a no ser que una peculiaridad de mi sueño pudiera considerarse provocada por ella. Al despertarme, nunca podía recobrar en seguida el uso completo de mis facultades, y permanecía siempre durante largo rato en un estado de azoramiento y perplejidad, ya que las facultades mentales en general y la memoria en particular se encontraban en absoluta suspensión.
En todos mis padecimientos no había sufrimiento físico, sino una infinita angustia moral. Mi imaginación se volvió macabra. Hablaba de "gusanos, de tumbas, de epitafios" Me perdía en meditaciones sobre la muerte, y la idea del entierro prematuro se apoderaba de mi mente. El espeluznante peligro al cual estaba expuesto me obsesionaba día y noche. Durante el primero, la tortura de la meditación era excesiva; durante la segunda, era suprema, Cuando las tétricas tinieblas se extendían sobre la tierra, entonces, presa de los más horribles pensamientos, temblaba, temblaba como las trémulas plumas de un coche fúnebre. Cuando mi naturaleza ya no aguantaba la vigilia, me sumía en una lucha que al fin me llevaba al sueño, pues me estremecía pensando que, al despertar, podía encontrarme metido en una tumba. Y cuando, por fin, me hundía en el sueño, lo hacía sólo para caer de inmediato en un mundo de fantasmas, sobre el cual flotaba con inmensas y tenebrosas alas negras la única, predominante y sepulcral idea. De las innumerables imágenes melancólicas que me oprimían en sueños elijo para mi relato una visión solitaria. Soñé que había caído en un trance cataléptico de más duración y profundidad que lo normal. De repente una mano helada se posó en mi frente y una voz impaciente, farfullante, susurró en mi oído: "¡Levántate!"
Me incorporé. La oscuridad era total. No podía ver la figura del que me había despertado. No podía recordar ni la hora en que había caído en trance, ni el lugar en que me encontraba. Mientras seguía inmóvil, intentando ordenar mis pensamientos, la fría mano me agarró con fuerza por la muñeca, sacudiéndola con petulancia, mientras la voz farfullante decía de nuevo:
-¡Levántate! ¿No te he dicho que te levantes?
-¿Y tú- pregunté- quién eres?
-No tengo nombre en las regiones donde habito- replicó la voz tristemente-. Fui un hombre y soy un espectro. Era despiadado, pero soy digno de lástima. Ya ves que tiemblo. Me rechinan los dientes cuando hablo, pero no es por el frío de la noche, de la noche eterna. Pero este horror es insoportable. ¿Cómo puedes dormir tú tranquilo? No me dejan descansar los gritos de estas largas agonías. Estos espectáculos son más de lo que puedo soportar. ¡Levántate! Ven conmigo a la noche exterior, y deja que te muestre las tumbas. ¿No es este un espectáculo de dolor?... ¡Mira!
Miré, y la figura invisible que aún seguía apretándome la muñeca consiguió abrir las tumbas de toda la humanidad, y de cada una salían las irradiaciones fosfóricas de la descomposición, de forma que pude ver sus más escondidos rincones y los cuerpos amortajados en su triste y solemne sueño con el gusano. Pero, ¡ay!, los que realmente dormían, aunque fueran muchos millones, eran menos que los que no dormían en absoluto, y había una débil lucha, y había un triste y general desasosiego, y de las profundidades de los innumerables pozos salía el melancólico frotar de las vestiduras de los enterrados. Y, entre aquellos que parecían descansar tranquilos, vi que muchos habían cambiado, en mayor o menor grado, la rígida e incómoda postura en que fueron sepultados. Y la voz me habló de nuevo, mientras contemplaba:
-¿No es esto, ¡ah!, acaso un espectáculo lastimoso? Pero, antes de que encontrara palabras para contestar, la figura había soltado mi muñeca, las luces fosfóricas se extinguieron y las tumbas se cerraron con repentina violencia, mientras de ellas salía un tumulto de gritos desesperados, repitiendo: "¿No es esto, ¡Dios mío!, acaso un espectáculo lastimoso?"
Fantasías como ésta se presentaban por la noche y extendían su terrorífica influencia incluso en mis horas de vigilia. Mis nervios quedaron destrozados, y fui presa de un horror continuo. Ya no me atrevía a montar a caballo, a pasear, ni a practicar ningún ejercicio que me alejara de casa. En realidad, ya no me atrevía a fiarme de mí lejos de la presencia de los que conocían mi propensión a la catalepsia, por miedo de que, en uno de esos ataques, me enterraran antes de conocer mi estado realmente. Dudaba del cuidado y de la lealtad de mis amigos más queridos. Temía que, en un trance más largo de lo acostumbrado, se convencieran de que ya no había remedio. Incluso llegaba a temer que, como les causaba muchas molestias, quizá se alegraran de considerar que un ataque prolongado era la excusa suficiente para librarse definitivamente de mí. En vano trataban de tranquilizarme con las más solemnes promesas. Les exigía, con los juramentos más sagrados, que en ninguna circunstancia me enterraran hasta que la descomposición estuviera tan avanzada, que impidiese la conservación. Y aun así mis terrores mortales no hacían caso de razón alguna, no aceptaban ningún consuelo. Empecé con una serie de complejas precauciones. Entre otras, mandé remodelar la cripta familiar de forma que se pudiera abrir fácilmente desde dentro. A la más débil presión sobre una larga palanca que se extendía hasta muy dentro de la cripta, se abrirían rápidamente los portones de hierro. También estaba prevista la entrada libre de aire y de luz, y adecuados recipientes con alimentos y agua, al alcance del ataúd preparado para recibirme. Este ataúd estaba acolchado con un material suave y cálido y dotado de una tapa elaborada según el principio de la puerta de la cripta, incluyendo resortes ideados de forma que el más débil movimiento del cuerpo sería suficiente para que se soltara. Aparte de esto, del techo de la tumba colgaba una gran campana, cuya soga pasaría (estaba previsto) por un agujero en el ataúd y estaría atada a una mano del cadáver. Pero, ¡ay!, ¿de qué sirve la precaución contra el destino del hombre? ¡Ni siquiera estas bien urdidas seguridades bastaban para librar de las angustias más extremas de la inhumación en vida a un infeliz destinado a ellas!
Llegó una época- como me había ocurrido antes a menudo- en que me encontré emergiendo de un estado de total inconsciencia a la primera sensación débil e indefinida de la existencia. Lentamente, con paso de tortuga, se acercaba el pálido amanecer gris del día psíquico. Un desasosiego aletargado. Una sensación apática de sordo dolor. Ninguna preocupación, ninguna esperanza, ningún esfuerzo. Entonces, después de un largo intervalo, un zumbido en los oídos. Luego, tras un lapso de tiempo más largo, una sensación de hormigueo o comezón en las extremidades; después, un período aparentemente eterno de placentera quietud, durante el cual las sensaciones que se despiertan luchan por transformarse en pensamientos; más tarde, otra corta zambullida en la nada; luego, un súbito restablecimiento. Al fin, el ligero estremecerse de un párpado; e inmediatamente después, un choque eléctrico de terror, mortal e indefinido, que envía la sangre a torrentes desde las sienes al corazón. Y entonces, el primer esfuerzo por pensar. Y entonces, el primer intento de recordar. Y entonces, un éxito parcial y evanescente. Y entonces, la memoria ha recobrado tanto su dominio, que, en cierta medida, tengo conciencia de mi estado. Siento que no me estoy despertado de un sueño corriente. Recuerdo que he sufrido de catalepsia. Y entonces, por fin, como si fuera la embestida de un océano, el único peligro horrendo, la única idea espectral y siempre presente abruma mi espíritu estremecido.
Unos minutos después de que esta fantasía se apoderase de mí, me quedé inmóvil. ¿Y por qué? No podía reunir valor para moverme. No me atrevía a hacer el esfuerzo que desvelara mi destino, sin embargo algo en mi corazón me susurraba que era seguro. La desesperación- tal como ninguna otra clase de desdicha produce-, sólo la desesperación me empujó, después de una profunda duda, a abrir mis pesados párpados. Los levanté. Estaba oscuro, todo oscuro. Sabía que el ataque había terminado. Sabía que la situación crítica de mi trastorno había pasado. Sabía que había recuperado el uso de mis facultades visuales, y, sin embargo, todo estaba oscuro, oscuro, con la intensa y absoluta falta de luz de la noche que dura para siempre.
Intenté gritar, y mis labios y mi lengua reseca se movieron convulsivamente, pero ninguna voz salió de los cavernosos pulmones, que, oprimidos como por el peso de una montaña, jadeaban y palpitaban con el corazón en cada inspiración laboriosa y difícil. El movimiento de las mandíbulas, en el esfuerzo por gritar, me mostró que estaban atadas, como se hace con los muertos. Sentí también que yacía sobre una materia dura, y algo parecido me apretaba los costados. Hasta entonces no me había atrevido a mover ningún miembro, pero al fin levanté con violencia mis brazos, que estaban estirados, con las muñecas cruzadas. Chocaron con una materia sólida, que se extendía sobre mi cuerpo a no más de seis pulgadas de mi cara. Ya no dudaba de que reposaba al fin dentro de un ataúd.
Y entonces, en medio de toda mi infinita desdicha, vino dulcemente la esperanza, como un querubín, pues pensé en mis precauciones. Me retorcí e hice espasmódicos esfuerzos para abrir la tapa: no se movía. Me toqué las muñecas buscando la soga: no la encontré. Y entonces mi consuelo huyó para siempre, y una desesperación aún más inflexible reinó triunfante pues no pude evitar percatarme de la ausencia de las almohadillas que había preparado con tanto cuidado, y entonces llegó de repente a mis narices el fuerte y peculiar olor de la tierra húmeda. La conclusión era irresistible. No estaba en la cripta. Había caído en trance lejos de casa, entre desconocidos, no podía recordar cuándo y cómo, y ellos me habían enterrado como a un perro, metido en algún ataúd común, cerrado con clavos, y arrojado bajo tierra, bajo tierra y para siempre, en alguna tumba común y anónima.
Cuando este horrible convencimiento se abrió paso con fuerza hasta lo más íntimo de mi alma, luché una vez más por gritar. Y este segundo intento tuvo éxito. Un largo, salvaje y continuo grito o alarido de agonía resonó en los recintos de la noche subterránea.
-Oye, oye, ¿qué es eso?- dijo una áspera voz, como respuesta.
-¿Qué diablos pasa ahora?- dijo un segundo..
-¡Fuera de ahí!- dijo un tercero.
-¿Por qué aúlla de esa manera, como un gato montés?- dijo un cuarto.
Y entonces unos individuos de aspecto rudo me sujetaron y me sacudieron sin ninguna consideración. No me despertaron del sueño, pues estaba completamente despierto cuando grité, pero me devolvieron la plena posesión de mi memoria.
Esta aventura ocurrió cerca de Richmond, en Virginia. Acompañado de un amigo, había bajado, en una expedición de caza, unas millas por las orillas del río James. Se acercaba la noche cuando nos sorprendió una tormenta. La cabina de una pequeña chalupa anclada en la corriente y cargada de tierra vegetal nos ofreció el único refugio asequible. Le sacamos el mayor provecho posible y pasamos la noche a bordo. Me dormí en una de las dos literas; no hace falta describir las literas de una chalupa de sesenta o setenta toneladas. La que yo ocupaba no tenía ropa de cama. Tenía una anchura de dieciocho pulgadas. La distancia entre el fondo y la cubierta era exactamente la misma. Me resultó muy difícil meterme en ella. Sin embargo, dormí profundamente, y toda mi visión- pues no era ni un sueño ni una pesadilla- surgió naturalmente de las circunstancias de mi postura, de la tendencia habitual de mis pensamientos, y de la dificultad, que ya he mencionado, de concentrar mis sentidos y sobre todo de recobrar la memoria durante largo rato después de despertarme. Los hombres que me sacudieron eran los tripulantes de la chalupa y algunos jornaleros contratados para descargarla. De la misma carga procedía el olor a tierra. La venda en torno a las mandíbulas era un pañuelo de seda con el que me había atado la cabeza, a falta de gorro de dormir.
Las torturas que soporté, sin embargo, fueron indudablemente iguales en aquel momento a las de la verdadera sepultura. Eran de un horror inconcebible, increíblemente espantosas; pero del mal procede el bien, pues su mismo exceso provocó en mi espíritu una reacción inevitable. Mi alma adquirió temple, vigor. Salí fuera. Hice ejercicios duros. Respiré aire puro. Pensé en más cosas que en la muerte. Abandoné mis textos médicos. Quemé el libro de Buchan. No leí más Pensamientos nocturnos, ni grandilocuencias sobre cementerios, ni cuentos de miedo como éste. En muy poco tiempo me convertí en un hombre nuevo y viví una vida de hombre. Desde, aquella noche memorable descarté para siempre mis aprensiones sepulcrales y con ellas se desvanecieron los achaques catalépticos, de los cuales quizá fueran menos consecuencia que causa. Hay momentos en que, incluso para el sereno ojo de la razón, el mundo de nuestra triste humanidad puede parecer el infierno, pero la imaginación del hombre no es Caratis para explorar con impunidad todas sus cavernas. ¡Ay!, la torva legión de los terrores sepulcrales no se puede considerar como completamente imaginaria, pero los demonios, en cuya compañía Afrasiab hizo su viaje por el Oxus, tienen que dormir o nos devorarán..., hay que permitirles que duerman, o pereceremos.



 Anota en este espacio todos los juicios, de acuerdo con su Relación:

Categóricos:

 Ser enterrado vivo es terrorífico.

Victoriene Lafourcade es una joven muy guapa y muy rica.


Disyuntivos:
Un pobre literato o periodista.

Salvo en una o dos ocaciones

Hipotético 

Si mueres eres enterrado.
Si te entierran vivo es horrible.

Problemáticos:

Algún día podemos ser enterrados vivos.

Algún día todos moriremos.

Apodicticos:

Todo muerto es sepultado.

Asterotico:

Algunas veces el ataque es rapido.
La catalepsia es una enfermedad.

Analítico:

Toda sospecha es espantosa.

Alguna persona es enterrada viva.

Sintéticos:

El hombre es de gigantesca estatura.

El joven  es abogado.